Durante años dormir poco fue casi una medalla de orgullo. “Duermo cuatro horas pero rindo igual” se decía como si fuera una virtud. Hoy la ciencia y la experiencia cotidiana muestran exactamente lo contrario: dormir mal deteriora casi todos los aspectos de la vida.
La falta de sueño no solo genera cansancio. Afecta el humor, altera la memoria, reduce la capacidad de toma de decisiones y debilita la regulación emocional. Por eso, muchas personas que creen estar “estresadas” en realidad están crónicamente privadas de descanso.
En paralelo, comenzó a surgir una nueva conciencia sobre el sueño como pilar de salud. Ya no se trata de acostarse temprano por obligación, sino de entender que el descanso profundo es una herramienta de rendimiento. Empresarios, deportistas, creativos y profesionales de alto nivel empezaron a priorizar el sueño como parte estratégica de su rutina.
El celular en la cama, la luz azul, el consumo de cafeína tarde y los horarios irregulares se convirtieron en enemigos silenciosos del descanso. Frente a eso, crece una tendencia más consciente: crear rituales nocturnos, bajar el ritmo, proteger el horario de dormir como si fuera una cita importante.
Dormir bien no es perder tiempo. Es invertir en claridad mental, energía y bienestar real.


